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“Diagnóstico
Pastoral de la Arquidiócesis de Córdoba”
1- Introducción:
Como Iglesia que
peregrina en Córdoba recibimos el desafío y la gracia de un tiempo
histórico nuevo que -como todo tiempo y como toda gracia- nos
resultan inéditos. Como nos señala la Palabra:
“Ahora es el tiempo de la gracia” (2 Co 6,2).
Ciertamente estamos ante nuestro tiempo un poco perplejos y llenos
de preguntas, lo cual no quita la admiración y la esperanza de lo
que el Espíritu de Dios está gestando en los hombres.
Aunque nos parezca que a veces
las sombras opacan los horizontes, la mano invisible y providente
de Dios siempre enciende las luces que necesitamos. A la gracia de
Dios le basta una pequeña grieta para abrirse paso en la historia
del mundo y lo que tal vez para algunos es anochecer, otros
podemos soñarlo como amanecer. Dios tiene “amaneceres” para
regalarnos en este fragmento del tiempo que nos toca transitar. En
los umbrales de nuevos tiempos y nuevas realidades, con el
corazón anhelante, escuchamos lo que el Señor resucitado vuelve a
decirnos: “…Mira que estoy a la puerta
y llamo…” (Ap 3,20).
Deseando responder a
esta llamada es que en este momento del diagnóstico pastoral,
hacemos con el corazón una mirada de la realidad cultural y
eclesial para dar un paso más en la profundización del
discernimiento, a la luz del Evangelio, de los signos de este
tiempo como huellas de la Encarnación de Dios que nuestra Iglesia
identifica en esta historia.
Recordemos que como
fruto de nuestra participación comunitaria tuvimos un instrumento
de trabajo para la primera sesión de la Jornada Pastoral 2005 que
llamamos “Ver, comprender y abrazar nuestra realidad. Aportes para
un diagnóstico pastoral de la Arquidiócesis”. Celebrada la primera
sesión de la Jornada Pastoral 2005, en los encuentros zonales y
habiendo profundizado la lectura de esa síntesis, a la cual se le
sumaron otros aportes, nuestro Obispo -como Padre, hermano y
Pastor- en el ejercicio del carisma que le es propio nos propuso
la consideración de siete núcleos para que fuéramos acercándonos,
desde este marco de situación de la realidad, al diagrama de
nuestro diagnóstico. Estos núcleos son el resultado de considerar
los muchos problemas parciales detectados en el análisis de
nuestra realidad identificando los problemas fundamentales o
globales subyacentes. Un problema es fundamental o global cuando
todas las partes y el conjunto de una realidad son afectados por
él, de manera que el problema que se maneja no es uno de tantos,
sino que es un problema fundamental o global..
Sabemos que no basta
ver la realidad desde una mirada meramente sociológica o
exclusivamente desde la perspectiva de las ciencias humanas, para
conocer los tiempos, sus características y condicionamientos y
comprender -en su dinamismo interno- los fenómenos históricos.
Para nosotros es preciso además interpretar la realidad desde la
contemplación de la fe, preguntarnos por la voluntad de Dios y
descubrir su plan y su designio de salvación en acción como
misterio que -desde el Señor de la Pascua- se convierte en muerte
y resurrección para la Iglesia y el mundo en este presente.
Vislumbramos un
misterio de muerte en todo lo que hay de pecado y obstáculo por
superar; y un misterio de resurrección en cuanto hay de salvación
y liberación. Estos son los “núcleos” fundamentales que hoy
percibimos, presentados y enriquecidos en la Segunda Sesión de la
Jornada Pastoral 2005. Se trata de aquello que está en la raíz de
nuestras experiencias, nos afecta en todo cuanto hacemos y
encierra semillas de vida que queremos ver con claridad, asumir y
desarrollar para llevar adelante la Nueva evangelización.
2- Desarrollo de
los núcleos diagnósticos
2.1) Primer núcleo
diagnóstico: “El desamparo: la angustia y la soledad o una fe
adulta y fraterna”
El “desamparo” –con
sus sentimientos de desprotección, abandono e inseguridad- parece
ser la nueva situación en la que nos encontramos culturalmente
tanto las personas como la sociedad, al igual que el creyente y la
comunidad cristiana. Son tan grandes y vertiginosos los cambios,
que todos experimentamos una gran dificultad para ponerle nombre a
lo que nos pasa, acrecentándose así esta sensación de desamparo y
angustia. Además, en nuestra sociedad argentina, el “retiro” del
Estado –de muchos campos de la vida social- ha acrecentado el
abandono y desvalimiento sobre todo de los más débiles dejándolos
a veces paradojalmente cautivos de iniciativas asistenciales
sobreprotectoras y paternalistas. Otros sectores se encuentran
“sobreprotegidos” económicamente pero experimentan también el
desamparo en cuanto a la vivencia de valores. Como Iglesia,
constatamos también que no siempre hemos sabido acompañar procesos
de crecimiento en la vida cristiana acordes a las nuevas
circunstancias de estos cambios culturales y sociales. Estamos
perplejos, confundidos y en ocasiones con la impresión de realizar
esfuerzos estériles.
Nos encontramos como
en una “curva de la historia”, no vemos lo que ha quedado atrás y
todavía no se vislumbra lo que viene. Estamos como en un momento
“crepuscular” en el que se nos dificulta ver con claridad. Aunque
sabemos que el “crepúsculo”, en el progresivo desvanecimiento de
las sombras, se puede convertir en “aurora”. Estamos ante algo
nuevo y se nos vuelve complejo a todos entender lo que está
pasando y mucho más lo que debemos hacer: “No estamos sólo
en una época de cambios, sino en un cambio de época” (NMA 24).
Esta situación en lo que tiene de irreversible debemos asumirla
con realismo, creatividad y sobre todo –desde la fe- como
providencial.
El malestar
producido por estas transformaciones profundas no debe llevarnos a
nostalgias del pasado o a encierros temerosos. El Espíritu
invita a la Iglesia a adentrarnos en el “inmenso océano” (NMI
58) de nuestro tiempo con la confianza de que el Señor
marcha con nosotros, sabiendo además que “con el Concilio
Vaticano II se nos ha ofrecido una brújula segura para
orientarnos” (NMI 57). Lo que vivimos y nos pasa no es
una “calamidad” sino una “oportunidad” que nos purifica de falsas
seguridades, nos abre a la primacía de la gracia y nos invita a
una actitud de pobreza sin triunfalismos y a una libertad
evangélica sin privilegios. Nos plantea, como ha aparecido
reiteradamente, la necesidad de proponer una formación, permanente
y profunda, que nos capacite para el discernimiento sin búsquedas
de “recetas”, “fórmulas”, “bajadas de líneas” o “respuestas
hechas” propias de estilos de formación y
modos pastorales sobreprotectores y paternalistas de otros
tiempos.
Esta es una ocasión
para formarnos en la adultez de la fe, el discernimiento en la
complejidad y la creatividad responsable aprovechando de un modo
nuevo y al máximo los espacios que ya disponemos: talleres
bíblicos, talleres de oración, formación catequística y litúrgica,
formación básica para laicos, pastoral de la salud...y generando
las nuevas iniciativas que esta realidad nos demanda. Como el
antiguo Pueblo de Israel en el desierto y en el exilio –despojados
de seguridades humanas y seudoreligiosas- podemos redescubrir el
Señorío de Dios y convertirnos a Él, nuestra única certeza:
“…Tú eres Señor, mi lámpara, mi Dios que alumbra mis tinieblas. Tú
eres escudo de cuantos a Ti se acogen. ¿Quién es Dios fuera del
Señor?; ¿Quién es como una Roca sino sólo nuestro Dios?”. Sal
18,29-32. En el desamparo de esta época, en medio de todas
las soledades humanas, también nuestras comunidades tienen la
oportunidad de recibir y ofrecer una experiencia más profunda de
fraternidad y solidaridad evangélicas. Es un tiempo apropiado para
abrirnos a la acción del Espíritu del Señor que hace nuevas todas
las cosas, intentando recrear una espiritualidad que, desde la
gracia, responda a esta situación y aproveche todo lo bueno que
hay en nuestra sociedad: capacidad de lucha y compromiso en la
adversidad; “aguante” para salir adelante a pesar de todo con
optimismo; pensamiento y espíritu crítico; el humor, la
creatividad y alegría que nos caracteriza.
2.2) Segundo núcleo
diagnóstico: “La inquietud por un mundo que acaba y el desafío de
construir otro que nace”
En este nuevo contexto
hemos identificado muchos síntomas que muestran una inadecuación
entre la realidad y nuestro modo de comunicarnos y relacionarnos
con ella: Hay amplias franjas y sectores a los que no llegamos.
Muchas de nuestras iniciativas no parecen despertar interés o son
aparentemente estériles. La perplejidad que experimentamos
fácilmente nos lleva a la repetición rutinaria, a la improvisación
y a “conservar” lo que queda, sin demasiada iniciativa
evangelizadora.
Siendo múltiples las
causas de esta situación, nos parece que la más profunda de ellas
es que el “paradigma” desde el que funcionamos (que es el modelo
operativo concreto de nuestra acción) parece responder a una
realidad que ya no existe, esto significa que necesitamos
situarnos desde un nuevo “paradigma”. Estamos cambiando de mundo y
de sociedad. Un mundo desaparece y otro está emergiendo, sin que
exista ningún modelo preestablecido para su construcción. El
“situarnos” desde un nuevo paradigma no pasa tanto por
formulaciones teóricas, muchas de las cuales ya han madurado en la
Iglesia con claridad en estas últimas décadas, sino por una
conversión, trasformación de la vida y de nuestro modo de
funcionar. Aunque Dios siempre ha escrito la historia a partir del
“resto fiel” –en pequeñez, fragmentación y escasez- si nosotros no
cambiamos es muy probable que en lugar de ser levadura y fermento
del Reino nos transformemos en una mera presencia residual que se
desecha por no otorgar sabor ni hacer crecer “la masa” (Cfr.
Mt 13,33).
Es importante que
tomemos conciencia de que nuestro modo de funcionar corresponde
muchas veces a un paradigma (modelo operativo) que hace mucho
está en crisis, con diversos signos que nos indican su caducidad.
La Iglesia se encontraba bien inserta en el mundo que desaparece
pero permanece todavía desconcertada en el que se está alumbrando.
Todavía actuamos como si estuviéramos en una sociedad
homogéneamente cristiana, o como si gozáramos de un lugar social
incuestionable y de privilegio. Sin embargo, la experiencia
cotidiana nos muestra que hoy tenemos que “ganarnos” un lugar
sabiendo que la cultura y la vida de la sociedad ya no se
identifican sin más con el mensaje de la Iglesia. Utilizamos
lenguajes que muchos ya no comprenden y nos cuesta encontrar un
modo nuevo de hacer presente la Palabra permanente del Evangelio
en una sociedad de palabras relativas y caducas.
Sin embargo, lo que se
nos pide no es exactamente una adaptación a las reglas de juego
que hoy existen en la sociedad, se trata de una conversión
pastoral para ser en este tiempo y esta historia concreta la
Iglesia de Jesucristo. Ante la lógica de
“producir-consumir-divertirse” que hoy prevalece no sólo en el
“mercado” sino incluso en muchas iniciativas del Estado, o ante el
individualismo de personas y grupos en los cuales predominan los
objetivos y fines ligados exclusivamente a sus propios intereses,
o frente a nuestra escasa conciencia del bien común y compromiso
con él, nuestra Iglesia tiene que ofrecer una alternativa en
fidelidad al Evangelio y al hombre de este tiempo.
La configuración
concreta de este nuevo paradigma, cuyos rasgos principales
expresamos en el Rostro ideal, es algo que deberemos ir
encontrando y afianzando progresivamente en toda nuestra
Arquidiócesis con mucha esperanza, apertura, paciencia,
creatividad. Hay que reconocer las maravillas que el Señor hace en
esta nueva cultura y tener siempre abiertos los ojos para
identificar su obra. Esta es una oportunidad para hacer realidad
la invitación a una Evangelización nueva en sus expresiones,
métodos y ardor, revitalizando y resignificando iniciativas que
todavía pueden tener vigor evangelizador, aunque estén
empobrecidas por la rutina, también para asumir que otras ya no
tienen lugar y consolidar experiencias nuevas como las que llevan
adelante muchas comunidades.
El profetismo y la condición discipular que señalamos en el rostro ideal
como una de las llamadas que el Señor nos hace hoy, ponen en un
lugar central a la voluntad de comunicarse “con un mundo que
acaba, y otro que nace” para hacer presente “el tesoro que
llevamos en vasijas de barro” (2 Cor. 4,7), “un tesoro que
humaniza” (NMA 15), con la valentía decidida de los mártires y
la humildad de quienes tienen mucho que aprender.
2.3) Tercer núcleo
diagnóstico: “La experiencia de la fragmentación y el anhelo de la
unidad”.
Es una experiencia compartida por muchos
la aceleración que ha tomado la vida. Vivimos momentos intensos
pero dispersos y aislados unos de otros que nos hacen estar en
todas partes sin encontrarnos en ningún lugar y muchas veces sin
nadie al lado. Nos sentimos exigidos y tironeados, con la urgencia
de dar respuesta a todo, “poniendo parches” a los problemas, y
esto produce cansancio, agotamiento, llenándonos de desánimo y
tristeza. El hoy de nuestra sociedad, con la falta de trabajo, la
inseguridad, la exclusión de muchos, revela más la falta de
integración y el limitado sentido de identidad y pertenencia.
Además, nuestra historia argentina, llena de desencuentros y
rupturas, heridas y dolores nunca asumidos completamente,
dificulta la dicha de la reconciliación y la unidad. Esta realidad
contribuye a que nos resulte difícil encontrarnos en anhelos y
búsquedas compartidas. En este contexto una pastoral orgánica para
nuestra Diócesis ha sido una urgencia siempre sentida y nunca del
todo lograda.
En nuestras comunidades
cristianas constatamos que ha crecido la demanda de distintos
servicios espirituales (necesidad de ser escuchados, nuevas
situaciones familiares, mayor cantidad de enfermos, niños
desamparados, etc.) y servicios materiales (mayor requerimiento a
las Caritas, nuevos focos de pobreza, etc.). A la par de esto, ha
crecido el voluntariado pero han disminuido los cuadros estables.
Son muchas las necesidades, pocas las manos. Los agentes de
pastoral mostramos claros signos de cansancio, agobio y
agotamiento, no hay tiempo ni espacio para el discernimiento, la
mirada crítica y la renovación espiritual. Realizamos un
gigantesco esfuerzo por mantener una estructura pastoral que ya no
da respuesta a las nuevas situaciones.
La dispersión del
presente puede estar revelando no sólo el desborde ante la
cantidad y variedad de demandas y el desconcierto ante tantos
cambios y novedades sino también un cierto “mesianismo
omnipotente” que “lo puede todo”, la confianza está asentada más
en las propias fuerzas y capacidades que en la acción providente y
salvadora del Señor. Sus consecuencias, casi inevitables, son la
fatiga y la apatía, una “insensibilidad vital” que nos anestesia
ante el dinamismo de la realidad. Muchas veces olvidamos que somos
simples sembradores ya que “el Reino de los cielos es como
un hombre que echa la semilla en la tierra, sea que duerma o se
levante, de noche y de día, la semilla germina y va creciendo, sin
que él sepa cómo…” (Mc. 4,26-27).
Esta situación, que
ciertamente nos desestabiliza, es sin embargo, ocasión o punto de
partida de una renovación que el Espíritu del Señor está gestando:
caminar desde la fragmentación hacia la unidad de vida de
personas y comunidades. La ruptura y dispersión, se presenta como
una oportunidad para centrar la vida en la Persona de Jesucristo.
Es un fuerte llamado a dejar nuestros personalismos y cegueras y
aprendiendo a apoyarnos en nuestros hermanos, realizando la
experiencia del caminar juntos y construir el “nosotros” de la
comunidad. Es también una oportunidad providencial para
encontrarnos en un plan pastoral que nos ayude a centrar la
mirada, el corazón, la entrega apasionada a ciertas cosas,
relegando otras. Eso evitará la dispersión hacia el futuro,
aliviará la carga que muchas veces experimentamos y le dará
orientación a la acción pastoral.
Resulta alentador
ver muchos signos que manifiestan el anhelo que hay en nuestra
sociedad por superar la fragmentación: estamos hambrientos de
compañía y hay una fuerte idea de comunidad; los momentos
difíciles han sido asumidos como oportunidad para crecer
(resiliencia) y en muchos casos han permitido una recuperación de
la dimensión espiritual. La familia a pesar de tantos cambios
sigue siendo un referente importantísimo de unidad, diálogo,
contención y amistad. También en la vida de nuestra Iglesia hay
signos que muestran que ya estamos transitando de la fragmentación
a la unidad: hemos crecido en cantidad y la calidad de los
espacios de participación y comunión como los consejos pastorales
y económicos a niveles de las parroquias y diocesano; los
encuentros de los movimientos y asociaciones animados por la
Vicaría episcopal correspondiente; las distintas comisiones
diocesanas (Caritas, liturgia, misión, etc) que ofrecen momentos
de formación y discernimiento; - el camino de unificación de las
Juntas de religiosas y religiosos; el trabajo en equipo de varias
Juntas (Educación- Catequesis) o diversos organismos (Pastoral de
la salud-uniones de padres de escuelas); la Jornada Pastoral que
año a año nos permite encontrarnos para celebrar el paso de Dios
por nuestra Iglesia y responder a su Espíritu; el trabajo
compartido de las comunidades en las zonas pastorales; y tantos
otros esfuerzos que las personas, las comunidades e instituciones
realizan cada día alentados por el Evangelio.
2.4) Cuarto núcleo
diagnóstico: “El temor al compromiso y el deseo de participación”
Con asombro
constatamos en la sociedad, en las comunidades pastorales y en
nosotros mismos, la tensión entre el deseo de participar y ser
protagonistas del tiempo en que vivimos y las dificultades y
obstáculos que muchas veces se convierten en temor al compromiso.
Hoy, además de los
espacios habituales de participación, se generan un sin fin de
nuevos ámbitos en donde se expresa la necesidad de cambios
sociales, culturales, espirituales, lucha por los derechos de las
minorías, crecimiento en la conciencia ecológica y reclamo por las
falencias de un sistema económico que asfixia. En nuestras
comunidades manifestamos el anhelo de nuevos espacios de
participación donde se viva la comunión; la necesidad de una
pastoral orgánica que ponga en relación todas las riquezas de
carismas de nuestra Iglesia, que nos ayude a generar procesos,
respondiendo al presente y gestando el futuro.
No obstante, este
anhelo no se verifica en la calidad y en la generosidad de
nuestros compromisos. Influye mucho el clima de inseguridad
social (falta de trabajo, de cobertura médica, robos y asaltos);
el descrédito y la desconfianza hacia las instituciones
particularmente la justicia, la política, las fuerzas del orden,
los sindicatos, incluso la Iglesia. Los signos de la
incomunicación, la desintegración y la violencia que afectan de
manera especial a la familia. Todo esto genera cierta pasividad
fatalista, descompromiso, aislamientos, impotencias, sensación de
abandono, llegando a la indiferencia por cualquier tipo de
participación.
La llamada de Dios en
este tiempo nos invita a asumir y vivir esta tensión como una
nueva oportunidad: “Señor hemos pescado la noche entera y
no hemos sacado nada, pero si Tú lo dices, echaré las redes” (Lc
5,5). Para ello es necesario que en nuestras comunidades
asumamos con realismo los condicionamientos presentes en nuestra
sociedad (histórico-culturales) y en las personas
(laborales-familiares) para adaptar nuestras propuestas e
invitaciones (métodos, horarios, tiempos, etc.) y así todos tengan
la oportunidad de participar.
Deberemos también revisar un estilo pastoral que no responde a la
conciencia que hoy la Iglesia tiene de sí misma y a las exigencias
de estos tiempos: un estilo fuertemente clericalista (fruto no
sólo de los presbíteros sino de muchos laicos); que exige mucho a
pocos y no siempre propicia la participación adulta. También es
preciso considerar que mucha gente guarda heridas y distancias en
relación con la Iglesia o con nuestras comunidades, instituciones
o agentes de pastoral, tales situaciones requieren ser
previamente sanadas y reconciliadas. Además hay que asumir nuevos
modos de pertenencia para que todos puedan ser incluidos sin que
nadie se sienta dejado de lado, recreando así la confianza en el
sentido y eficacia de la participación y la organicidad. En este
sentido, una realidad y promesa alentadora es la continua
presencia de la mujer en nuestras comunidades y el nuevo lugar
conquistado en la sociedad en general. Muchos de los nuevos
procesos comunitarios y de las tareas de evangelización están
especialmente en sus manos.
También hay otros
signos presentes que nos alientan y nos muestran que estamos ante
una oportunidad inédita: todavía existe un alto porcentaje de
cordobeses que se “sienten parte” de nuestra Iglesia; hay un
número importante de personas que participan en las celebraciones
de Semana Santa, Navidad, fiestas patronales, bautismos,
comuniones, exequias, etc; la religiosidad popular y sus distintas
manifestaciones continúan congregando a mucha gente; cada agente
pastoral de las diversas comunidades se constituye en “punto de
contacto” entre la realidad de las personas y el Cuerpo eclesial.
Nuestros Colegios Católicos a pesar de las dificultades que
encuentran en este nuevo contexto cultural tienen un gran
potencial evangelizador. La crisis vivida en nuestro país también
nos pone ante la oportunidad inédita de un nuevo modo de
participación laical en los espacios y las estructuras económicas,
sociales y políticas.
Algo nuevo el Señor está gestando en este momento de la historia,
gestación que conlleva dolores (Cfr. Jn 16,21), temores, pero
sobre todo vida y esperanza nueva. No podemos ser simples
espectadores, sino protagonistas de este tiempo nuevo.
2.5) Quinto núcleo
diagnóstico: “La falta de comunicación y el anhelo del diálogo con
todos”
Tenemos que superar la incomunicación o la
distorsión de la comunicación con la sociedad y la cultura que hoy
vivimos y eso es algo que sólo el amor, entendido en toda su
profundidad y riqueza cristiana, hace posible. La nueva cultura,
en buena medida gestada por el influjo de los MCS, se manifiesta,
entre otras cosas, en el culto de la imagen; la exaltación del
cuerpo y el placer; la absolutización de la juventud como etapa
ideal que debe perpetuarse; la vivencia del presente como tiempo
predominante; el consumismo, etc.
También se manifiesta en el valor y la autonomía del ser humano,
la ecología, la calidad de vida y la salud, el reclamo del respeto
a la diversidad, una mayor conciencia de los derechos humanos y de
las responsabilidades civiles, una sensibilidad por la justicia,
la solidaridad y la importancia de los legítimos reclamos. Esta
nueva situación puede llevarnos (omisión) a desistir del diálogo y
a quedarnos en afirmaciones y posiciones que muchas veces nos
aíslan y encierran. No sabemos y a veces no queremos comunicarnos.
La impresión es que esto es lo que está sucediendo en algunas
comunidades e iniciativas. Uno de los mundos con el que más nos
cuesta comunicarnos es el de los jóvenes. Sin embargo, el mundo
juvenil es el que expresa más nítidamente la nueva cultura. No
comunicarnos con él significaría no entrar en comunicación con la
nueva cultura emergente.
Necesitamos pasar de la incomunicación al diálogo.
La comunicación tiene que incluir como algo permanente la escucha
y el conocimiento del otro y su situación para poder sintonizar
con él. No desde una actitud de sondeo de la realidad a través de
encuestas o de reflexiones puramente racionales sino desde algo
que es más profundo: escuchar la voz del Espíritu. Esta nueva
“escucha-conocimiento” tiene que ver también con el desafío de
hacernos presente en las nuevas geografías, los nuevos ambientes,
etc. Es necesario que, además, pasemos de una pura comunicación
asertiva e indicativa a la comunicación persuasiva, paciente,
humilde, que sea capaz de explicitar la belleza de lo que se
anuncia. Frente a las diversas culturas que configuran nuestra
Córdoba es imprescindible un esfuerzo creativo para traducir con
gestos y palabras una comunicación transparente con la gente
asumiendo que muchas veces nuestro lenguaje ha sido académico,
extraño, críptico. El hombre y la mujer contemporáneos están poco
dispuestos a escuchar enseñanzas magisteriales y meramente
doctrinales. Quieren también hacer oír su voz y que esa voz sea
tenida en cuenta. Como comunidad de fe sabemos que hay palabras de
la “Palabra” (Cfr. Jn 1,1); “semillas del Verbo” en
todo tiempo, cultura y personas.
Vemos con esperanza
que la riquísima experiencia vivida en las Jornadas Pastorales nos
ha llevado a escuchar y ver el desafío que se nos presenta ante la
enorme variedad, riqueza y creatividad existente en nuestra
Iglesia local y en la sociedad. Constatamos con alegría que muchos
sectores y ambientes de nuestra sociedad quieren esta comunicación
y tienen las puertas abiertas al diálogo. Córdoba, con sus muchas
universidades y la inmensa cantidad de jóvenes que participan de
sus vidas es un lugar privilegiado para buscar los puntos de
encuentro y mutuo enriquecimiento entre la fe cristiana y la nueva
cultura. Esta es una oportunidad para que aprendamos nuevamente a
comunicarnos con la cultura actual, aunque ciertamente desde otro
“lugar”: la humildad del discípulo que también necesita aprender y
no solo la actitud magisterial del que sólo tiene que enseñar.
Dialogar con nuestro
hoy implica también afrontar con valor y coherencia el ser
testimonio de un estilo de vida alternativo y “contra-cultural”
respecto a otras propuestas vigentes. En la experiencia del “arte”
de la comunicación y el diálogo podremos ser cada vez mas
plenamente oyentes y discípulos y se nos concederá decir como el
Profeta: “Cada mañana él Señor me abre mi oído para que yo
escuche como un discípulo” (Is. 50, 4) recordando lo que
nos dice el Señor Jesús: “Ustedes no tienen más que un
Maestro y todos ustedes son hermanos” (Mt. 23, 8). Sólo
así podremos captar “lo que el Espíritu dice a las Iglesias”
(Ap. 2, 11.29; 3, 6.13.22)
2.6) Sexto núcleo
diagnóstico: “Las nuevas pobrezas y el anhelo de justicia y
solidaridad”
Constatamos la presencia de nuevos y variados tipos de pobrezas y
de pobres en nuestra sociedad: marginalidad, excluidos, ancianos,
niños, los que han perdido el sentido de la vida, etc. generados
por las estructuras injustas del modelo neoliberal imperante y la
complicidad de tantas conductas (Cfr. NMA 34-39).
Muchas pobrezas y pobres están delante de nosotros y no los
descubrimos, no hemos sabido llegar a todos ellos y nuestra
evangelización no ha podido ofrecer el necesario acompañamiento e
iluminación ante los cambios históricos y sociales vividos en
nuestra patria. En muchas ocasiones hemos expresado el riesgo del
aislamiento, incluso la constatación de que vivimos preocupados
para adentro.
Esto nos interpela
fuertemente a ver con el corazón y al corazón ya que podemos estar
ciegos o no detenernos y seguir encerrados en las miopías propias
de los corazones endurecidos y no sentirnos interpelados y pasar
de largo (Lc. 10, 30-37). Nuevos rostros de pobrezas
aparecen a nuestro alrededor, con múltiples y desafiantes
expresiones pero nos cuesta detenernos y vencer inercias, temores
y precauciones que nos paralizan o que nos hacen caer en fórmulas
asistencialistas o burocráticas. Nos cuesta también comprometernos
de una manera nueva para que sea con los pobres y desde ellos.
Tenemos que convertirnos, salir de nosotros mismos, atrevernos a
una nueva imaginación de la caridad, encontrando los nuevos
caminos para las nuevas necesidades. Así el anhelo de la comunión
de bienes en el seno de nuestra Iglesia Arquidiocesana podrá ir
siendo cada vez más realidad. Ésta comunión de bienes, expresión
del amor fraterno y un signo en nuestra sociedad consumista y
competitiva, requiere de actitudes permanentes (no bastan los
actos aislados), de mucha docilidad a la gracia, creatividad y
paciencia para hacerse vida.
Tomamos conciencia con
alegría de muchos signos que el Espíritu de Dios suscita en
nuestra Arquidiócesis a favor de los pobres, débiles y sufrientes:
el trabajo de Caritas, las iniciativas de Pastoral de la Salud, la
pastoral carcelaria, la pastoral social, el voluntariado en
distintos servicios con una gran participación de jóvenes; como
así también los gestos de solidaridad de nuestro pueblo argentino
y de la sociedad toda y la capacidad que muestran los pobres para
sobreponerse y luchar por una vida más digna cuando tienen una
oportunidad para eso.
Vemos también que las
situaciones dolorosas –personales o sociales- movilizan a la
participación de muchos para buscar nuevas expresiones de caridad
fraterna y cristiana. Todos los cristianos sentimos el inmenso
desafío de imaginar nuevos modos de estar cerca de los más
pequeños, sabiendo que sólo llegando a los últimos llegaremos a
todos.
2.7) Séptimo núcleo
diagnóstico: “Puestos a prueba pero con el soplo del Espíritu que
nos impulsa mar adentro”
Hemos constatado que
el desánimo, el descreimiento y la falta de esperanza aparecen
como el “tono” generalizado en toda la sociedad y también que la
incoherencia se manifiesta tanto en la vida cristiana de las
personas y comunidades como en la corrupción instalada en todos
los ámbitos de la sociedad. Al mismo tiempo hemos expresado
reiteradamente el anhelo de una profunda experiencia de Dios que
nos permita vivir desde la fe nuestra realidad personal, familiar,
social y cultural.
La sed de
espiritualidad se manifiesta de muchas maneras: en la formación de
grupos espontáneos de oración en torno a alguna necesidad de la
comunidad que congrega tanto a creyentes como a personas de buena
voluntad movilizadas por situaciones de dolor o de reclamo y en
las múltiples expresiones de la religiosidad popular. También en
la buena predisposición con que aceptamos las propuestas de
momentos de espiritualidad cuando se nos ofrecen. Estas son
oportunidades providenciales que no debemos desaprovechar para
formar en una intensa experiencia de fe.
Para que esto sea
realidad necesitamos promover una espiritualidad que, en
consonancia con el rostro ideal de Iglesia propuesto sea
“contemplativa, eucarística, mariana y misionera”. Sin embargo,
con preocupación constatamos que en nuestra diócesis se
multiplican los grupos y propuestas de espiritualidad que tienen
otras características y en buena medida eso ha ocurrido porque no
hemos sabido proponer alternativas consistentes y sostenidas que
alimenten la vida en aquella dirección. Ese vacío ha sido llenado
por propuestas alternativas con pretendidas soluciones inmediatas,
que generan más escepticismo, indiferencia y confusión; propuestas
que acompañan momentos, pero no animan procesos; a veces sin
consecuencias éticas y sin compromisos, que tienen acentos
intimistas e individualistas y sacan del mundo más que permitir
vivir en él como creyentes.
Por eso estamos ante
el desafío de promover una espiritualidad que “ancle” nuestra vida
en el Misterio dejando a Dios ser Dios, sin falsas seguridades, y
con espíritu peregrino sabiendo que “el viento sopla donde
quiere” (Jn 3,8), nos permita asumir plenamente la
realidad. Hoy no es posible evadir el compromiso de transformación
histórica y social que el cristianismo posee por su propio
dinamismo de encarnación. El Espíritu nos impulsa a estar en la
historia como “la sal de la tierra” (Cfr. Mt 5,13)
con una presencia evangelizadora y misionera para anunciar con la
vida y la palabra al Dios en el cual creemos. Además, en estos
tiempos los discípulos de Jesús ya no podemos vivir aisladamente
nuestra fe. Necesitamos compartir la vida, sostenernos mutuamente
y hacer realidad el llamado de la Iglesia a ser “casa y escuela de
comunión”.
Para nuestra Arquidiócesis este tiempo
es una fuerte llamada a superar la distancia entre espiritualidad
y actividad pastoral, ya que ambas animadas por el Espíritu, se
reclaman y se fecundan mutuamente. La nueva espiritualidad debe
sostenernos en los procesos de transformación arduos y prolongados
que tendremos que llevar adelante, llenarnos de esperanza en los
tiempos de siembra, de gozo y gratitud en la hora de la cosecha.
Haciendo memoria del
largo camino de nuestra Iglesia Local descubrimos agradecidos que
los tiempos difíciles siempre dieron a luz grandes santos, hombres
y mujeres que -puestos a prueba por la complejidad de su tiempo-
supieron dejarse animar por el soplo del Espíritu dando frutos
admirables.
3.
Conclusión
Llegados a este
punto hay que recapitular en el corazón toda nuestra realidad.
Seguramente en algo nos hemos visto identificados y vamos poniendo
nombre lo que somos y a la gracia que tenemos. El llamado a la
esperanza perdura siempre entre las luces y las sombras del
paisaje. Estamos haciendo el camino, paso a paso, soñando siempre
con la posibilidad de vivir unidos teniendo un mismo sentir (Cfr.
Hch 2,44), y llevando el Evangelio de Jesús hasta
los confines de nuestra Arquidiócesis.
En este año como
comunidad arquidiocesana el Señor nos ha permitido dar un nuevo
“paso”. El año pasado contemplábamos en nuestra Jornada Pastoral
2004 el “rostro ideal de Iglesia”, allí en siete “ideas-fuerza”
esbozábamos el diseño de comunidad eclesial que anhelábamos ser.
Ahora, en siete núcleos fundamentales tratamos de desentrañar más
hondamente el secreto de esta cultura y de esta realidad de
Iglesia particular que somos. Es lo que soñamos como
“rostro-ideal” y lo que tenemos como “rostro-real”. Entre el
“sueño” y la “realidad” media para nosotros la esperanza, la
construcción comunitaria del paso a paso.
La experiencia
realizada en la elaboración del diagnóstico pastoral nos ha
renovado el desafío de ser hombres y mujeres de nuestro tiempo
ubicados en la historia; que tienen sentido crítico, el de la fe;
que ponen al descubierto y gozan de las semillas del Verbo; que
antes de hablar de la historia, han aprendido a callar delante de
ella y que no se ubican como espectadores pasivos, sino que se
saben parte de esa historia y constructores de la misma, junto a
muchos hermanos. A su vez el Señor nos ha confirmado nuevamente su
presencia, como a Jacob que en la prueba descubre “Dios está
aquí y no lo sabía” (Gen 28,26); y como a la Iglesia naciente
que confiesa su experiencia creyente “El Verbo se hizo carne y
plantó su tienda entre nosotros” (Jn 1,14) y “Yo estaré con
ustedes todos los días hasta el fin del mundo” (Mt 28,20).
Los núcleos
diagnósticos, que deberemos seguir profundizando, nos ayudan a
conocer mejor el océano por el cual estamos navegando y nos
permitirán confeccionar durante este año 2006 una hoja de ruta
que, teniendo en cuenta los obstáculos que deberemos sortear y las
fortalezas y posibilidades que tenemos, exprese en sus grandes
líneas el itinerario más conveniente para alcanzar la meta que
buscamos.
Sabiendo que
el Señor de la Pascua nos acompaña confesamos que estamos en un
tiempo de gracia en el que no se nos permite “poner la mano
y mirar atrás” (Lc 9,62). Suplicamos, por tanto, la luz
para discernir el camino y poder recorrerlo: “Pidan y se les
dará; busquen y encontrarán; llamen y se les abrirá” (Mt 7,7).
Una vez más -como Iglesia oyente y orante- escuchamos al Señor que
nos vuelve a decir: “…Al punto donde hayamos llegado,
¡sigamos adelante!….”
(Flp
3,16). |